William salió de su hogar algo más agobiado de lo habitual.
En la noche no pudo controlar el insomnio, y sus pesadillas lo tenía más que abatido, las horas salvajes atormentaban su cabeza noctambula con escalofriantes espasmos nocturnos.
Al partir de su casa cierra la puerta displicentemente y una joven que pasaba por el costado de su berma, lo sorprende distraído y le pregunta:
-Señor- ¿Sabe usted dónde se encuentra la estación Agamenón?
-¡Sí!, -contesta nervioso-
Debe seguir dos calles más y después doble a la izquierda al costado del retrato de mármol de Bradbury
-Muchas gracias señor-
-¡Que tenga una linda mañana!- Señala dulcemente.
Al despedirse la mujer, pudo percatarse que en su traje de lates tenía un pequeño agujero en el muslo,
Cuestión que lo hacía pensar por un momento en un detalle femenino y sensual.
Siguió caminando por la calle, pues se dirigías al mismo teletransporte que la dama, era necesario llegar al trabajo algo más temprano que de costumbre, pues su insomnio le había causado muchos problemas.
Caminaba por la calle en un paso presuroso, en un instante recordó que ya hacía mucho tiempo que no hablaba con su madre, que casi no recordaba su rostro, ni cuándo fue la última vez que la vio.
Decide salir del camino y buscar una cabina fotocromática para registrar el reflejo de su madre por el otro costado, pero se da cuenta que de su cabina no hay luz que pueda reflejarla. Al no tener contacto visible, suspira desconsoladamente y decide seguir caminando con un pesar de aflicción.
La mañana era espectral, la neblina matutina no dejaba que los rayos de sol toque el alfasto, las personas lucían demacradas y ojerosas, no había color en sus rostros, ni brillo en sus ojos, William se sentía desconcertado, la habitualidad de su vida le parecía cada día más insoportable.
Al llegar al teletransporte pudo ver a la mujer que le había preguntado por la estación, la miró y ella se volteó a verlo, la joven sonrió y William pensó que su sonrisa era maravillosa, en un instante se imaginó con la chica de la mano caminando por el parque y con un pequeño niño a su costado, pero aquel momento fue interrumpido por una voz tosca y metálica:
-¡Buenos Días!-
-¡Buenos Días damas y caballeros!-
- ¡“Por favor abordar Agamenón”!-
-¡“Abordar Agamenón”!-
Era el locutor de la estación que invitaba a las personas a subir por los ascensores de la maquina.
La multitud comenzaba a acercarse a los ascensores, había varios de ellos, distribuidos en diferentes pilares de cristal, y podían entrar más de veinte personas en su capacidad máxima, cada uno de los ascensores llegaba hasta la “Cápsula Giratoria” a unos diez metros de altura, de la estación, William aborda uno de ellos y en el otro extremo estaba la chica que apenas podía verla, nadie hablaba, solo se escuchaba la incomodidad del silencio, podía ver su hogar a través de la ventana del ascensor y recordaba el instante en que ella se acercó, mientras buscaba su mirada insistentemente.
Una anciana que llevaba un vestido grisáceo le pregunta:
-Señor- ¿Usted sabe si este método de viaje es seguro?
William algo confundido por toda la situación le responde:
-Si señora no hay de qué preocuparse, solo será un destello luz y estará en la siguiente estación.
-¡Muchas gracias hijo!- Respondió la anciana.
Mientras hablaba pudo notar que las manos de la anciana temblaban como jalea.
Al llegar a la entrada principal de la Cápsula Giratoria, se vuelve a escuchar la voz tosca y metálica:
-Damas y caballeros: “¡Tomar asiento! ¡Abroche sus cinturones! ¡Ponerse los anteojos! ¡Por favor todo material liquido queda fuera de la Cápsula! ¡En caso de emergencia presione el botón rojo al costado derecho de su asiento!”-
Todas las personas siguieron las instrucciones al pie de la letra, y comenzaron a tomar asiento.
Dentro de la Cápsula habían dos conductores, expertos a cargo del desintegrador de partículas, uno a cada extremo del óvalo, cada uno conectados por un tubo de entrelaces cuántico, que seguía minuciosamente hasta los asientos de los pasajeros. En el centro del óvalo, se deslizaba desde el cielo, un condensador que emitía destellos luminosos y fulgurantes, proveniente de paneles fotovoltaicos que cubrían por completo la Cápsula Giratoria, y del subsuelo emergía un émbolo ocular, que disipaba impulsos electromagnéticos hacia los ojos de los pasajeros, para así estimular su cerebro y controlar la presión.
Cuando estuvieron todos sentados , William pudo percatarse que el cinturón de la anciana estaba mal ajustado, quiso pararse y dar aviso a los conductores, pero los seguros de los asientos ya habían atrapado su torso, y la Cápsula comenzó a girar lentamente, tenía la extraña sensación de estar en una centrifuga, los destellos del émbolo ocular se hacían más luminosos, y en el desintegrador de partículas parpadeaban luces de todos colores, en un momento intento buscar a la chica con su mirada, pero el impacto de la luz en los anteojos no lo dejaban visualizar en absoluto ninguna forma concreta, cada vez se iba desplazando con más velocidad la Capsula, intentaba ver a la anciana pero no había caso, cuando ya había alcanzado su máxima velocidad notó que del émbolo ocular comenzaba a lanzar unos rayos azules purpurinos por toda la Cápsula, apenas pudo observar que uno de ellos le dio directamente en la cabeza de la anciana y poco a poco comenzó a desintegrarla, podía ver como el rayo penetraba por su cráneo, vio su cerebro desaparecer junto con la mitad del tórax, sus brazos y piernas se desprendieron velozmente de su cuerpo como si fuera una muñeca de trapo, cada partícula del cuerpo de la anciana lo horrorizaba.
El panorama era espeluznante y desconcertante, las extremidades de los pasajeros se disipaban por toda la cápsula, diminutas gotas de sangre flotaban al lado de su asiento, una de ellas se posa en su lente derecho, en cámara lenta y de un segundo a otro todo se transforma en un liquido rojizo verdoso, yacen los cuerpos licuados y gelatinoso en el óvalo carnoso, mientras abría su boca en un grito desesperado. Todo quedo en angustiosa oscuridad.
Cuando la luz brillo en la Cápsula, abrió los ojos atemorizado, y pudo ver que todas las personas seguían sentadas en sus asientos con los cinturones puestos, no podía creer lo que estaba viendo, si hacia un instantes estaban todos desintegrados en la Cápsula, estaba temblando y sudaba frio, sus sienes mojadas y apenas podía hablar, no comprendía tal situación, la anciana que estaba frente a su asiento se para lo ve fijamente y le dice: -¡Gracias hijo mio por cuidarme, sabes que aun no me acostumbro a viajar en estas cosas!-
- ¡Mamáaa!
¡Mama! ¡Eres tú!-
-¡Mama, no sabes cuánto te extraño!-
-¡Lo sé, hijo mío, lo sé!-
-¡Pero has estado como un sonámbulo toda la mañana!-
-¡Discúlpame madre no volverá a suceder!-
William se da cuenta que estuvo todo el rato frente a su madre y ni siquiera lo había notado, pensó en la gravedad de los insomnios reiterados, en las noches intranquilas, mientras abrazaba a su madre.
Al irse toda gente, uno de los conductores de la Cápsula le pregunta:
-¿Se encuentra bien señor?-
-Él contesta:
- ¡Si, me siento mejor ahora, solo que no entiendo lo que pasó, en un momento vi que todos habían muerto y que estaban desintegrados.
El conductor le quita los anteojos y observa que en su marco, no se encontraba el microchips desinhibidor sensorial, lo cual provoco que William viera todo el proceso de teletrasportación.
Al pararse del asiento toma a su madre de la mano y comienzan a caminar hacia la calle, se detiene y respira profundamente, la mira y le dice:
- ¡Oh madre mía no sabes cuantas cosas quiero contarte!-
-Ella Responde: ¡Tenemos todo el tiempo del mundo hijo mío!
Mientras que en un costado yacía la chica sentada en la banca del parque, y en su traje de lates aun seguía el agujero.
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